Archivo por meses: octubre 2021

Vexilología

Sin bulla que todo llega. Ya se que he estado un tiempo sin meter mano a este blog, pero este mes de octubre ha sido de ir y venir. Demostrado en parte por esta imagen matritense que, para no desentonar, tiene algo de falsilla: está en el lateral de un bar llamado «El parnasillo», pero nada de romántico o tertuliano al uso, un pub irlandés como hay cientos, y completando la fachada están otros que ni coincidieron con Don Benito ni geográfica ni temporalmente. Pero ya se sabe por otras entradas de mi Perezgaldofília y no me pude resistir. Foto al canto.
Al hilo, y para lectores/amigos curiosos, informo que tras el atracón galdosiano, y pasando por otros, aterricé en Álvaro De la Iglesia, como ya dije en otra entrada, he intercalado hasta a Pedro A. de Alarcón, a historiadores científicos como López Piñero, a Pérez Reverte, alguno político, y ahora con Jardiel Poncela. En la reserva dos, de carácter vocalista, de mi amigo César aunque ya están hojeados, y uno de mi sobrino Pepe que, fuera debilidades familiares, tiene buena pinta. Informaré.

Pues el palabro que encabeza, Vexilología, no es ningún invento mío, se trata del estudio de banderas y estandartes. La primera vez que me llegó lo de estandarte equivalente a vexilo, fue en el estudio de la flor de las leguminosas, referente a cierto pétalo muy desarrollado. La ciencia referida, no deja de ser una variante de la Heráldica, centrada en el estudio de banderas, estandartes y soportes. En estos días, precisamente, hay una exposición cerca de casa sobre la evolución de la bandera de España, la roja, amarilla y roja; me resisto a esa cursilada de decir «gualda», simplemente la forma poética de decir amarillo, como si a lo azul dijéramos «azur». Por gualda en nuestra lengua deberíamos entender a una planta herbácea bastante común, la Reseda lutea o luteola, que tanto una especie como otra aluden al color amarillo en latín.
Basta de aburrir con tanta cosa culta.
Viene a cuento lo de las banderas con lo observado en este periodo de pandemia:
Cierto es que la población ha sido (hemos sido) bastante obediente en el uso de las mascarillas, pero no deja de ser llamativo el uso paralelo, para mi secundario por lo menos, que se ha hecho de ellas como soporte gráfico vexilológico. Unas acompañadas con símbolos militares, otras de partidos políticos, otras de cuerpos de seguridad, con todos los diseños posibles, algunos creo que inventados; incluso he visto una especie de beso en que los labios entreabiertos son rojos, y entre ellos un brochazo amarillo, perdón, que seguro que al portador o portadora le gustaría más decir que es gualda. No se exactamente que es lo que se pretende, quizás se le adjudique al virus una inteligencia que le haga temeroso ante el aviso vexilológico: «Tente ARN maldito y bolchevique, que detrás de esta mascarilla hay un español, mucho español».
Por un momento me recuerda la fiebre que le entró a estos mismos portadores por ponerse el mismo vexilo en la correa del Casio, allá por los setenta y ochenta. Hoy no porque los pelucos tienen unas correas de marca y no vayamos a joderla. En fin, que con su pan se lo coman.
Como digan que llevemos un gorro de papel de orillo acabado en una antenita para evitar la abducción por extraterrestres, no me extrañaría el encargo a la casa de papel de aluminio de la impresión de banderas en el contorno, o una directamente ondeando en lo alto del pitorro.

No me resisto, otra vez Halloween. Vaya por Dios. Ya hice en su día una entrada al respecto, pero es que los ojos me hacen chiribitas. Hemos sustituido la pregunta de ¿Dónde estás angel de amor…?
por ¿Dónde te has comprado ese duodeno que llevas como collar?. Pienso que se trata de una globalización de ida y vuelta, tal como suena. Si en sus orígenes fue una tradición irlandesa y celta, que al parecer lo de la calabacita con la vela no era raro en Galícia, de ahí a los yanquís y de estos, dada nuestra endeblez mental la importamos poco después de las colas y las hamburguesas, pues nada, globalización en lo tontorrón, «inmaterial» diría alguno puesto en vocablos actuales.
Evidentemente me quedo con Zorrilla y su Don Juan y su Doña Inés, y con la ilusión de verlos representados en cualquier sitio de Atlanta o Wyoming.
Pero puesto en globalización, y que en las líneas siguientes me perdonen almas pusilánimes, propongo la siguiente pregunta: ¿Hay algo más globalizado que lo existente bajo un pupitre?. En efecto, uno o varios, a veces muchos, perdigones pegados. En todos los pupitres de todas las aulas de todos los niveles educativos de todos los países, No sólo como diría Pepe da Rosa (q.e.p.d.), «del Cabo de Gata hasta Finisterre», sino desde un iglú-escuela en Anchorage a la Universidad de Oxford.
Quien tuerza la mueca ante esta evidencia no confesada, que se lo haga mirar.

Mientras le doy vueltas al semiolvido de Zorrilla, brindando en el Mesón del Laurel, me entero del infame robo de unos vinos con precios aún más infames. ¿Cómo puede costar (que no valer) un vino ese disparate?. No le hago ascos al vino, que para eso es una bebida bíblica, pero confieso que mi paladar a partir de diez o doce euros no es tan exquisito, que eso del retrogusto a frutos del bosque, a canela o chocolate, me suena a pamplinas pijas. O está bueno o no lo está. Pido perdón a los enólogos eruditos. Recuerdo que en el bar de «El Cabezón», en mi barrio, a mi buen amigo Antonio, que por cierto nos ha dejado hace pocos días, le robaron un cartón de Don Simón y una botella de Castillo de Salobreña, que no se crean los franceses que sólo ellos tienen «chateau», sólo que este de Salobreña es uno sin alcohol que se vendía a 27 pesetas. Pues el ambiente y las tapas de El Cabezón, no lo superaba ningún sesenta estrellas. Ahí queda.
La parafernalia que se ha suscitado me lleva a pensar en una evidente jugada de despiste por los medios de comunicación y con intenciones manifiestas. Han ocurrido hechos en estos días que merecían una atención de, al menos, la mitad de la del robobo de la botellita, que buenas páginas le han dedicado, pero sentencias importantísimas, cambios legislativos, tropelías por «personas principales», casi vamos a tener que buscarlas en los «anuncios por palabras». Va a tener razón aquél que dijo lo de «¡¡¡Viva el vino!!!; no doy más pistas porque es un personaje al parecer difícil de identificar.

Dejémoslo, que no quiero escorar a lo político. Vamos a las imágenes, hoy casi todas del Museo del Suárez:

Se trata de un precioso ejemplar de nutria, Lutra lutra en la nomenclatura actual y Lutra vulgaris en la histórica, como puede comprobarse en las cartelas si se amplía la imagen. Aparte del ejemplar en si mismo, la importancia es su procedencia, Granada. Penosamente hoy quedan pero muy pocas. La taxidermia de la época, fiel a los objetivos didácticos, deja la dentición de carnívoro bien visible, incisivos enanos, colmillos sobresalientes y molares respetables.

Otra

Pues no me había olvidado de los fósiles. Lo que ocurre es que la envergadura de las colecciones supera a la cobertura de este humilde blog.
Se trata de una vértebra de uno de los conocidos como «grandes reptiles» del Mesozoico. Un mosasaurus. Un pedazo de reptil de más de quince metros y con aspecto de cocodrilo pero nadador, las patas transformadas en aletas, se supone que algo rumbero, «Entre dos aguas», su nombre alude a su descubrimiento en las orillas, ya cercanas a la desembocadura, del rio Mosa. Es típica la procedencia de Maastrich, como un pinsapo en la Serranía de Ronda. Para confirmar el tamaño, basta con ver que la vértebra está sobre un A4.

Y ahora algo de Física:

Como dije más arriba, esta vez no todas las imágenes van a ser del Museo del P. Suárez, y sin que sirva de precedente, pero es francamente bello.
Mis amigos de la Asociación francesa con la que mantengo fuertes lazos, la ASEISTE, han organizado una exposición con el título «Enseñar la Física…¡¡¡todo un arte!!!», reuniendo más de setenta instrumentos históricos para la enseñanza de la Física y en la que se hace hincapié en el carácter artístico de la gran mayoría. En el cartel que inserto se evidencia un microscopio que ya quisieran muchos, así como la artística peonza como «paradoja mecánica», complementados por los gráficos de un telescopio de Gregory y una piedra imán. Si tengo que añadir, con algo de presunción, que una vez vistas las imágenes de lo expuesto en su web, no son pocos los instrumentos con que cuenta el Suárez, algunos idénticos. Pero la exposición es en su conjunto una maravilla, algunas cosas auténticas joyas. No solo enseñar la Física es un arte, sino que en este caso con obras de arte.
Gracias a Francis, a Francoise y a Dominique por la invitación, y enhorabuena a Francis y a Fabienne por su labor.

Y nada más, a seguir con paciencia cuando se deba con la mascarilla (llevo una con la sota de Copas, regalo de el Bar El Sota, sin ninguna otra referencia). Y ahora con el horario más sensato, al menos a mi gusto, pues nada, a seguir leyendo y todo el optimismo del mundo.
Fuerte abrazo.